En el Madrid de la posguerra, Pedro, un médico investigador del cáncer, se ve envuelto en un aborto clandestino, en unas chabolas a las que había ido para conseguir unos ratones. Se intenta enterrar el cadáver sin que nadie se enteré, pero un juez ordena la exhumación. Al enterarse, Pedro se esconde en un burdel. La policía pronto lo encuentra. Tras sufrir la maquinaria de la ley, finalmente logra demostrar su inocencia. Pero su novia, impuesta por las dueñas de la pensión, es asesinada por un chabolista vengativo, y Pedro vuelve derrotado a su pueblo buscar un trabajo lo más discreto posible.

 

 

 

“Tiempo de silencio” es una de esas novelas que parecen sustraerse a cronologías y géneros para convertirse, por derecho propio, en obras maestras. Es en este tipo de libros donde uno puede reconocerse como persona, donde puede hallar todo lo divino y miserable de los seres humanos expresado con palabras, donde la crudeza de la vida se plasma con una frialdad inmisericorde.

 

Luis Martín-Santos parece beber del mejor Baroja (el de “La busca “) a la hora de describir esos personajes abocados a un destino terrible, inmersos en unos acontecimientos que les demuestran su triste condición de granos de arena en un universo desatento a sus creencias o deseos. Como el vasco, Martín-Santos recrea un escenario sórdido de puro real, mostrando un Madrid sumido en la pobreza (quizá más espiritual que real), en la degradación; una ciudad, trasunto de un país, desleída por una sucesión de desastres de los que la Guerra Civil sólo ha sido la culminación lógica. Pues para el autor el gran problema de la cultura española son sus propios integrantes, ese pueblo adocenado, inculto y vividor que se ha cortado las alas a sí mismo y que ha perdido toda oportunidad de madurar y progresar.

 

La peripecia del protagonista es una consecuencia lógica de esa visión social que nos ofrece el autor. Investigador en un laboratorio, hombre de poca fuerza vital y retraído, Pedro se ve impelido por su buen carácter a ayudar al Muecas, un familiar de su ayudante, pero se encuentra de repente tratando de salvar la vida de Flora, una de sus hijas, a la que se le ha intentado practicar un aborto por medios bastante desagradables y que perece ante las manos inexpertas del investigador. Esto acarreará la detención de Pedro y su ingreso en prisión por unas horas, pero también le supondrá la persecución por parte de Cartucho, el querido de la chica, que le cree causante de la muerte. Por supuesto, esta circunstancia terminará de manera trágica, tanto en un sentido físico como moral.

 

Lo interesante de “Tiempo de silencio” no es su trama, que entronca con otras novelas de corte realista —especialmente, como ya hemos dicho, con Baroja y su trilogía “La lucha por la vida”—, sino la forma de narrar. Martín-Santos se alejó de un estilo propio de la época, sencillo y árido, para armar un libro de resonancias clásicas, con un lenguaje cultivado y complejo, de prolijas descripciones, excursos culteranistas y diálogos empapados de clasicismo. Huelga decir que es una novela difícil en tanto al lenguaje se refiere, si bien la historia que se cuenta es tan sencilla (en su desarrollo narrativo, no en otros planos) como directa.

 

Sin embargo, quizá en la elección por parte del escritor de ese estilo elevado, fuera de lo común para un libro de estas características (al contrario, por ejemplo, de Baroja, que utilizaba un lenguaje mucho más sencillo y campechano), estribe en buena parte el impacto de la obra. Porque Martín-Santos trabaja en dos niveles diferentes: por una parte, usa esa lengua culta y enrevesada como juego, como divertimento, incluso como pequeña distracción para el lector, que ha de mantener una atención constante para no extraviarse en mitad de un pasaje; por otra, ese juego le sirve para ocultar y disfrazar la feroz crítica que se desarrolla en prácticamente cada página de “Tiempo de silencio”. Una crítica de la dictadura que se vivía en el momento de su publicación (1962), pero que iba mucho más allá: una crítica de la naturaleza humana, de la cultura de sus compatriotas, tan mostrenca, tan ramplona; una crítica de una sociedad que se hundía en el fango a través de sus trapicheos políticos, de su falta de ambiciones. Como dije más arriba, a través de una mirada a lo particular (Madrid, Pedro y otros personajes, como Matías) Martín-Santos desvela los defectos de lo general.

 

Esta novela, por estas y otras cuantas virtudes, se convierte así en una lectura necesaria y actual, que nos revela fríamente como seres humanos y que no se coarta a la hora de mostrar vicios y actitudes. Quizá un ejemplo perfecto de que se puede hacer novela ‘social’ en cualquier época y con cualquier estilo, algo que se echa en falta en estos tiempos que corren.

 

 

 

http://www.solodelibros.es/15/01/2007/tiempo-de-silencio-luis-martin-santos/

 

 

 

¿Estás interesado en alguno de nuestros cursos?