Se dice que “no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”. Y es que la ciudad nazarí no solo presume de lucir una de las maravillas del mundo, la Alhambra, sino que también esconde rincones de gran belleza y palacetes con grandes secretos en su interior. Si eres un enamorado de Granada, no te pierdas la famosa leyenda de La Casa de la Columna. ¿Preparado?

Cuando Boabdil (el último rey del reino árabe) marchó de Granada tras la llegada de los Reyes Católicos, sus allegados más fieles se exiliaron con él hacia tierras africanas. Sin embargo, hubo parte de los habitantes que determinaron quedarse en la ciudad soñada, donde vivían cómodamente frente al calor y la desidia que les aguardaba en África.

Así fue como Audallah, perteneciente a la tribu de los Gomérez, decidió emprender el regreso junto su rey, a pesar de dejar en Granada su bien más preciado, su querida Leila. La bella doncella no abandonó la ciudad de la Alhambra para permanecer con su padre, que ya mayor, prefería acabar sus días en su palacio nazarí.

Desde el momento en que los amantes separaron sus destinos, Leila se sumió en un enorme pesar. Pasaba los días contemplando el horizonte, el lugar por el que su amado desapareció junto a la comitiva real. Desde su ajimez -que aún hoy se conserva en el barrio del Albaicín en perfecto estado- partido por una columna en mármol blanco, Leila lloró durante todo un año el adiós de Audallah. Sin embargo, se consolaba así misma recordando los consejos de su querido: “guarda siempre la esperanza en el porvenir”.

Así, cabizbaja e indiferente, soñaba despierta su reencuentro con Audallah; nada ni nadie lograban apartarle de sus pensamientos. Hasta que una mañana, se dio cuenta de que sobre su ajimez había anidado una pareja de golondrinas. Una de ellas llevaba una cinta al cuello. Rápidamente, intuyendo que podría contener noticias del otro lado del mar, esperó a la caída de la noche y en silencio leyó una inscripción: “La ausencia mata pero siempre aguardo”. Leila aguardó a la llegada del otoño, fecha en la que las palomas migraban, para colocar en el cuello otra cinta en la que se podía leer: “Esperar es vivir”.

Pero no hubo contestación. Leila enfermó de tristeza y, cuenta la tradición que, a medida que agravaba, regresó Audallah. Tan imposible era vivir separados que su amado retornó para hacerla su esposa. Se convirtieron al cristianismo y vivieron felices en la ciudad nazarí.

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